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Por Soledad Buendía Herdoíza -.
El avance de las tecnologías digitales y el crecimiento del uso de internet han transformado profundamente las formas de interacción social. Sin embargo, este entorno también ha propiciado nuevas formas de violencia, particularmente en contra de las mujeres. En México, la violencia digital se ha consolidado como un problema estructural que refleja y amplifica desigualdades de género preexistentes. En este contexto, las plataformas digitales juegan un papel ambivalente: por un lado, son espacios donde se reproduce la violencia; por otro, constituyen actores clave en su prevención y atención.
El presente articulo analiza la relación entre plataformas y violencia digital en México, incorporando evidencia de estudios reciente y examinando el papel del Estado y las empresas tecnológicas en la construcción de entornos digitales más seguros.
El acceso a internet en México ha crecido de manera sostenida. En 2024, el 83.7% de la población utilizó internet, lo que equivale a 90.3 millones de personas. Este incremento ha ampliado las oportunidades de comunicación, pero también ha incrementado la exposición a riesgos digitales. En este contexto, el ciberacoso ha mostrado una tendencia al alza. Entre 2020 y 2024, el número de víctimas pasó de 16.1 millones a 18.9 millones de personas, este crecimiento evidencia que la violencia digital no es un fenómeno aislado, sino una problemática estructural que acompaña la masificación del uso de tecnologías digitales.
La violencia digital no afecta de manera homogénea a la población. De los 18.9 millones de víctimas de ciberacoso en 2024, 10.6 millones fueron mujeres, lo que revela una clara dimensión de género. Además, las mujeres jóvenes son particularmente vulnerables: el 57.7% de las mujeres víctimas tiene menos de 29 años. Este dato es especialmente relevante, ya que muestra cómo la violencia digital se entrecruza con factores etarios, aumentando la exposición de niñas, adolescentes y jóvenes. Las formas de violencia también difieren por género. En el caso de las mujeres, predominan las agresiones de carácter sexual, como insinuaciones o propuestas sexuales (29%) y el envío de contenido sexual no solicitado (27.5%). Estas prácticas reflejan la reproducción de patrones de violencia sexual en el entorno digital. Por el contrario, los hombres enfrentan con mayor frecuencia mensajes ofensivos (25.9%) y llamadas agresivas (24.6%). Esta diferencia confirma que la violencia digital no solo es más frecuente en mujeres, sino que también es cualitativamente distinta, con un fuerte componente de violencia sexual y simbólica.
Los efectos del ciberacoso también presentan diferencias significativas por género. Las mujeres reportan mayores niveles de miedo (34.5%), inseguridad (33.5%) y desconfianza (39.7%) en comparación con los hombres.
Estos impactos no son menores: afectan la participación de las mujeres en el espacio digital, limitan su libertad de expresión y generan procesos de autocensura. En este sentido, la violencia digital se convierte en una forma de exclusión que restringe el ejercicio de derechos fundamentales.
Las plataformas digitales, como intermediarias del entorno digital, tienen una responsabilidad clave en la prevención y atención de la violencia. Actualmente, empresas como Google, Meta y TikTok han desarrollado diversas estrategias, entre las que destacan normas comunitarias para regular contenidos, herramientas de reporte, bloqueo y filtrado, recursos de apoyo para víctimas y colaboración con autoridades en el cumplimiento de la ley. Si bien estas acciones representan avances importantes, también evidencian limitaciones, particularmente en la eficacia de los mecanismos de denuncia y en la rapidez de respuesta ante contenidos violentos.
Un avance significativo en México es la construcción del Primer acuerdo de colaboración voluntaria con plataformas digitales para combatir la violencia digital, el cual articula esfuerzos entre el gobierno, empresas tecnológicas y sociedad civil. Este acuerdo se estructura en dos ejes principales por un lado la prevención, que incluye acciones de fortalecimiento de normas comunitarias; campañas educativas y de sensibilización; promoción de la denuncia y generación de información accesible para el uso responsable de tecnologías.
Y por otro lado la atención con definición clara de contenidos violentos, retiro de contenido ilícito o no consentido, implementación de herramientas de protección para víctimas y vinculación con autoridades y líneas de atención.
Este enfoque representa un modelo de gobernanza colaborativa que reconoce la complejidad del problema y la necesidad de respuestas multisectoriales para erradicar la normalización de la violencia digital contra las mujeres, la limitada alfabetización digital con enfoque de género y la falta de transparencia en los algoritmos de moderación de contenido.
Desde una perspectiva de género, es fundamental reconocer que la violencia digital no es un fenómeno aislado, sino una extensión de las violencias estructurales que enfrentan las mujeres en otros ámbitos. La violencia digital en México constituye un problema creciente que afecta de manera desproporcionada a las mujeres, especialmente a las jóvenes. Las plataformas digitales, aunque han implementado mecanismos de regulación y protección, aún enfrentan retos importantes en la garantía de entornos seguros.
El acuerdo de colaboración entre el gobierno y las plataformas representa un paso relevante hacia la construcción de una gobernanza digital más responsable. No obstante, su efectividad dependerá de su implementación, seguimiento y evaluación. En última instancia, enfrentar la violencia digital requiere no solo soluciones tecnológicas, sino transformaciones culturales profundas que cuestionen las desigualdades de género y promuevan una convivencia digital basada en el respeto, la igualdad y los derechos humanos.
Opinión – La Época – Con sentido del momento histórico

