El Mundial no suspende la realidad. Apenas la encierra, durante noventa minutos, dentro de una ficción reglada. Afuera quedan sanciones, barcos, misiles y muertos. Adentro queda una pelota, once cuerpos por lado y una regla elemental: el adversario no se destruye, se enfrenta.
Por eso el fútbol incomoda y fascina. Irán juega en territorio estadounidense mientras afuera pesan sanciones, visados y amenazas. Otras selecciones llegan desde países atravesados por guerras recientes, fracturas internas, crisis prolongadas o memorias todavía abiertas. No hace falta nombrarlas una por una: basta verlas formar antes del partido para entender que muchas camisetas cargan algo más que colores. Cargan historia, duelo y pertenencia; por eso, antes de que ruede la pelota, el himno no es trámite, sino memoria en voz alta. No hay ingenuidad posible. La cancha no borra atrocidades, no cura el odio ni devuelve la vida perdida. Solo abre un paréntesis.
Pero ese paréntesis importa. En él, países que compiten por mercados o territorios aceptan someterse a un orden común. El balón circula donde la diplomacia tropieza. La falta se cobra, el gol se valida, el resultado se reconoce y el juego continúa. Incluso la rivalidad más dura necesita límites para no convertirse en destrucción.
En la cancha las banderas pesan, los himnos estremecen y las camisetas separan. Sin embargo, debajo de todo eso hay algo más simple: cuerpos que respiran, sudan, caen, sangran, se cansan, ríen y lloran. El enemigo político, convertido en jugador, deja de ser consigna y vuelve a tener rostro.
La tregua del balón no promete paz mundial. Sería ridículo pedirle al fútbol lo que la política no puede resolver.
Su modesta grandeza está en otra parte: muestra que la confrontación también puede tener reglas, que ganar no exige aniquilar y que el rival sigue siendo humano.
Después del silbato final, el paréntesis se cierra. Vuelven los intereses, las guerras, los mapas y las cuentas pendientes.
Pero queda una imagen mínima: dos equipos que se saludan antes de empezar. No alcanza para salvar al mundo. Alcanza, quizá, para recordarnos que, a pesar de las fronteras, todos vivimos en la misma casa.
La entrada BALONES Y OTRAS se publicó primero en El Diario – Bolivia.
El Mundial no suspende la realidad. Apenas la encierra, durante noventa minutos, dentro de una ficción reglada. Afuera quedan sanciones, barcos, misiles y muertos. Adentro queda una pelota, once cuerpos por lado y una regla elemental: el adversario no se destruye, se enfrenta. Por eso el fútbol incomoda y fascina. Irán juega en territorio estadounidense
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El Mundial no suspende la realidad. Apenas la encierra, durante noventa minutos, dentro de una ficción reglada. Afuera quedan sanciones, barcos, misiles y muertos. Adentro queda una pelota, once cuerpos por lado y una regla elemental: el adversario no se destruye, se enfrenta.
Por eso el fútbol incomoda y fascina. Irán juega en territorio estadounidense mientras afuera pesan sanciones, visados y amenazas. Otras selecciones llegan desde países atravesados por guerras recientes, fracturas internas, crisis prolongadas o memorias todavía abiertas. No hace falta nombrarlas una por una: basta verlas formar antes del partido para entender que muchas camisetas cargan algo más que colores. Cargan historia, duelo y pertenencia; por eso, antes de que ruede la pelota, el himno no es trámite, sino memoria en voz alta. No hay ingenuidad posible. La cancha no borra atrocidades, no cura el odio ni devuelve la vida perdida. Solo abre un paréntesis.
Pero ese paréntesis importa. En él, países que compiten por mercados o territorios aceptan someterse a un orden común. El balón circula donde la diplomacia tropieza. La falta se cobra, el gol se valida, el resultado se reconoce y el juego continúa. Incluso la rivalidad más dura necesita límites para no convertirse en destrucción.
En la cancha las banderas pesan, los himnos estremecen y las camisetas separan. Sin embargo, debajo de todo eso hay algo más simple: cuerpos que respiran, sudan, caen, sangran, se cansan, ríen y lloran. El enemigo político, convertido en jugador, deja de ser consigna y vuelve a tener rostro.
La tregua del balón no promete paz mundial. Sería ridículo pedirle al fútbol lo que la política no puede resolver.
Su modesta grandeza está en otra parte: muestra que la confrontación también puede tener reglas, que ganar no exige aniquilar y que el rival sigue siendo humano.
Después del silbato final, el paréntesis se cierra. Vuelven los intereses, las guerras, los mapas y las cuentas pendientes.
Pero queda una imagen mínima: dos equipos que se saludan antes de empezar. No alcanza para salvar al mundo. Alcanza, quizá, para recordarnos que, a pesar de las fronteras, todos vivimos en la misma casa.
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