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Por José Percy Paredes Coimbra -.
Un fantasma recorre el planeta. No es nuevo, pero vuelve a sentirse en cada crisis, en cada desigualdad obscena, en cada trabajador que produce más y vive peor. Ese fantasma tiene nombre: comunismo.
Durante décadas se nos dijo que había fallecido. Que la historia había acabado. Que el mercado solucionaría todo. Pero la realidad, cruda, terca, ha desarmado ese relato. Hoy el mundo está más concentrado, más desigual y más inestable que nunca.
No es casualidad. Es la lógica misma del sistema.
Como explicó Marx, la historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases. Y hoy esa lucha no ha muerto: se ha globalizado. Está en el trabajador precarizado, en el campesino desplazado, en la juventud sin futuro, en los pueblos sometidos a nuevas formas de dominación económica.
El fantasma del comunismo no es una ideología muerta: es la expresión de una necesidad histórica. Es la contestación a un sistema que ha llevado sus propias contradicciones al límite.
El fantasma no regresa por nostalgia, regresa por necesidad. Aparece cuando: El salario no alcanza, cuando la tierra se concentra en pocas manos, cuando el trabajo se precariza, cuando la riqueza se acumula en pocas manos.
No es un espectro ideológico que flota en el vacío. Es una respuesta, a veces confusa, a veces radical, a un sistema que promete prosperidad pero entrega exclusión.
Por eso, lo que recorre hoy el planeta no es simplemente el comunismo del pasado, sino una pregunta urgente: ¿cómo construir una sociedad más justa sin repetir los errores que ya conocemos?.
El verdadero debate no es entre fantasmas y miedos, sino entre modelos de vida. Entre un mundo donde todo tiene precio, y otro donde la dignidad no sea negociable.
Ese es el fantasma que incomoda. No porque sea inevitable, sino porque señala algo que muchos prefieren no ver.
Y mientras las desigualdades sigan creciendo, ese fantasma no desaparecerá. Cambiará de forma, de lenguaje, de generación… pero seguirá ahí, recordándonos que ninguna estructura es eterna.
El problema no es que exista ese fantasma. El problema es lo que lo invoca. No como recuerdo del pasado, sino como consecuencia viva de las contradicciones del capitalismo. Porque allí donde el capital se concentra, donde el trabajo es explotado y donde la vida se subordina a la ganancia, surge inevitablemente la conciencia de que este orden no es natural ni eterno.
El capitalismo prometió desarrollo, pero ha construido desigualdad. Prometió libertad, pero ha mercantilizado cada aspecto de la existencia. Prometió bienestar, pero condena a millones a la precariedad mientras una minoría acumula riqueza obscena.
Caminando por nuestras tierras en América Latina, ese fantasma no es una abstracción: tiene rostro indígena, campesino, obrero y popular. Aquí no llegó como teoría, sino como respuesta a siglos de despojo.
Desde la colonia hasta hoy, nuestro continente ha sido territorio de saqueo: primero por imperios, luego por élites locales y hoy por el capital transnacional. La riqueza de América Latina ha alimentado al mundo, mientras sus pueblos han cargado con la pobreza.
No es casualidad. Es dependencia estructural. El capitalismo en nuestra región no se desarrolló de forma autónoma; se impuso como un sistema subordinado, extractivista y desigual. Un capitalismo que necesita expulsar campesinos de la tierra, precarizar trabajadores y convertir territorios enteros en zonas de sacrificio.
Por eso, el fantasma del comunismo en América Latina no es copia ni calco. Es creación heroica. Está en las luchas por la tierra, en las comunidades indígenas que resisten, en los trabajadores informales que sostienen la economía real, en las mujeres que enfrentan la doble explotación, en la juventud que se rebela contra un futuro negado.
Aquí, la lucha de clases tiene memoria: Tupac Katari, Bolívar, Bartolina Sisa, Martí, Sandino, Apiaguiki Tumpa, las hermanas Mirabal, Santos Noko, Tupac Amaru, Berta Cáceres, el Che… no como estatuas, sino como símbolos de una historia inconclusa.
Pero también debemos aprender de nuestras propias derrotas. Cuando los procesos populares se alejaron del pueblo, cuando el poder sustituyó a la participación, cuando la burocracia reemplazó a la organización, el proyecto emancipador se debilitó.
El desafío hoy no es repetir fórmulas, sino construir un socialismo latinoamericano arraigado en nuestras realidades: Comunitario, Democrático, Soberano.
El fantasma recorre América Latina porque la injusticia sigue intacta. Porque la tierra sigue concentrada. Porque la riqueza sigue saliendo y la pobreza quedándose. Y porque, a pesar de todo, nuestros pueblos no han dejado de luchar.
No es un fantasma del pasado. Es la memoria viva de los que resistieron…
y la posibilidad concreta de los que aún no se rinden. Pero este fantasma ya no puede ser una repetición mecánica del pasado. No puede reducirse a consignas ni a estructuras rígidas. Debe ser una construcción consciente, crítica y profundamente democrática de las clases trabajadoras, de los pueblos indígenas, de los campesinos, de los intelectuales.
Porque el comunismo, en su esencia, no es autoritarismo ni imposición: es la superación de la explotación del ser humano por el ser humano. Es la abolición de las relaciones de dominación que convierten al trabajo en mercancía y a la vida en instrumento de ganancia.
Hoy, más que nunca, el capital se organiza globalmente. Y por eso mismo, la respuesta también debe ser global, solidaria y organizada. El fantasma recorre el planeta no porque alguien lo invoque, sino porque el propio capitalismo lo engendra.
Y mientras existan explotación, desigualdad y concentración de riqueza, ese fantasma dejará de ser solo una idea… para convertirse en fuerza material.
El fantasma no es un recuerdo. Es una posibilidad histórica. Patria Libre o Morir.
Opinión – La Época – Con sentido del momento histórico

