Por Soledad Buendía Herdoíza-. En un contexto global y regional atravesado por múltiples formas de violencia estructural, la indiferencia se configura no solo como una / Leer más → Por Soledad Buendía Herdoíza-. En un contexto global y regional atravesado por múltiples formas de violencia estructural, la indiferencia se configura no solo como una / Leer más →
Por Soledad Buendía Herdoíza-.
En un contexto global y regional atravesado por múltiples formas de violencia estructural, la indiferencia se configura no solo como una actitud pasiva, sino como una forma activa de complicidad. Tal como advierte Stéphane Hessel, la renuncia a la indignación implica abdicar de una de las dimensiones más profundas de la condición humana: la capacidad ética de reaccionar frente a la injusticia. En el campo de los derechos humanos, y particularmente frente a las violencias, las discriminaciones sexo-genéricas y la violencia de género, la indiferencia no es neutral; produce efectos materiales que perpetúan la desigualdad, el silenciamiento y la impunidad.
“La peor de las actitudes es la indiferencia, decir ‘no puedo hacer nada, ya me las arreglaré’.”
— Stéphane Hessel, ¡Indignaos!
La violencia de género y las discriminaciones basadas en la orientación sexual, la identidad y expresión de género no son hechos aislados ni excepcionales, sino fenómenos estructurales, anclados en sistemas patriarcales, heteronormativos y coloniales que ordenan jerárquicamente los cuerpos, los deseos y las vidas. Frente a esta realidad, la indiferencia social e institucional opera como un mecanismo de normalización de la violencia: minimiza las agresiones, cuestiona los testimonios de las víctimas, desplaza la responsabilidad hacia lo individual y despolitiza el sufrimiento. Así, la falta de reacción colectiva se convierte en un terreno fértil para la reproducción de las violencias.
Hessel propone la indignación como un acto profundamente político. No se trata de una emoción efímera, sino de un punto de partida ético que impulsa la acción transformadora. En clave feminista y de derechos humanos, indignarse frente a la violencia de género y las discriminaciones sexo-genéricas implica reconocer que estas violencias no son “problemas privados”, sino violaciones a derechos fundamentales que comprometen a toda la sociedad. La indiferencia, en cambio, desactiva la responsabilidad colectiva y consolida el statu quo.
En América Latina, región marcada por altos índices de feminicidio, crímenes de odio y exclusión sistemática de personas LGBTIQ+, la indiferencia adquiere una dimensión especialmente grave. Cuando el Estado no actúa con debida diligencia, cuando los sistemas de justicia reproducen estereotipos de género, o cuando la sociedad calla frente a la violencia cotidiana, se refuerza un mensaje devastador: hay vidas que importan menos. Este mensaje no solo daña a las víctimas directas, sino que erosiona los cimientos mismos de la democracia y del Estado de derecho.
Exhortar a que la indiferencia no nos gane implica, entonces, asumir una ética del compromiso. Supone educar en igualdad y derechos humanos, cuestionar los privilegios, escuchar las voces históricamente silenciadas y exigir políticas públicas con enfoque de género e interseccionalidad. También implica reconocer que la neutralidad frente a la violencia es una ficción peligrosa: no posicionarse es, en los hechos, tomar partido por la continuidad de la injusticia.
Como advierte Hessel, resignarse y “arreglárselas” individualmente empobrece nuestra humanidad, debemos entender que nadie se salva solo o sola, la acción colectiva es indispensable. Frente a las violencias y discriminaciones, la indignación se vuelve una forma de cuidado colectivo y de resistencia ética. No permitir que la indiferencia nos gane es, en última instancia, una apuesta por la dignidad, la justicia y la posibilidad real de construir sociedades más igualitarias y libres de violencia.
A seguir en la lucha hasta que la indignación se haga costumbre…
Opinión – La Época – Con sentido del momento histórico

